domingo, 14 de mayo de 2017

Cuando te plantas a las 6:30 a.m. en una estación, lista "Lloreras" de Spotify con unos auriculares de estos que se te clavan hasta el lóbulo temporal y empiezas a pensar. Lo primero, qué malo es el alcohol. Lo segundo, me puede dar por varias cosas... pero cuando me da por la melancolía, no hay quien me pare. Y es que qué de momentos hemos vivido todos en estaciones... Y en aeropuertos. Y dónde queráis. Miles de veces nos hemos despedido pensando que se acaba el puto mundo, lágrima en ojo izquierdo (soy zurda) y kleenex en mano. Decir adiós es horrible. Despedirse es una tortura digna de museo de los horrores. Malditas estaciones y maldita sensación cuando te vas (o se van) de dejar algo atrás. De no saber cómo irá todo cuando vuelvas. De no saber si seguirá todo igual. Si tú serás diferente. Abrazos cargados de emoción, miradas que lo dicen todo. Cuando sobran las palabras.

También está la otra parte. La que no habla de adiós ni de despedidas. El esperar la llegada. La de los regresos, las esperas de 5 minutos que podrían ser toda una vida. Las ganas. Los nervios. El "ya está aquí ". La expectación. La parte buena. Sigues siendo tú, una maraña de nervios, un flan. La esperanza de que todo siga igual. El no saber ni qué decir. El dejad hablar a los abrazos. Qué bonita la vida, qué te vuelve a reunir.

Son las 7 de la mañana y sale el sol. Hay amaneceres y amaneceres. El sol lo pinta todo de tonos diferentes de rosa. 

 Son las 7 de la mañana y no puedo dormir.

No hay comentarios:

Publicar un comentario