
La técnica de la autodefensa, sí, esa táctica que todos utilizamos cuando no queremos hacernos daño.
Nos basamos en nuestras experiencias más dolorosas para cerrarnos en nosotros mismos y así impedir que esos horribles sentimientos vuelvan a aparecer. Si lo tenemos todo escondido, nadie nos podrá pillar por sorpresa y volver vulnerables otra vez.
Así que sacamos nuestro corazon en un puño, arreglamos los jirones, una capita de pintura, otra de barniz y nos lo volvemos a poner, como si nada hubiese ocurrido.
Ya estamos a salvo del dolor, menos mal.
Pero que una corte deje de estar infectado, que esté cosido, no quiere decir que esté curado. Que una pared sea pintada de nuevo no implica que las humedades no vuelvan a salir.
Nos lamemos las heridas, como los gatos, degustando cada pizca de amargura para intentar que se curen de una vez. No queremos sentir. Nada. Cualquier cosa. Por lo que pueda venir implícito en ella despúes, debajo de la letra pequeña.
Rencores pasados y débilidades ocultas guardados en el cajón, para que nadie pueda descubrirlos.
Yo todo esto lo resumo en una palabra: MIEDO.
Yo, por lo menos, estoy acojonada.
(es todo culpa de mi banda sonora de hoy, Oasis, que quede claro)