jueves, 24 de septiembre de 2020

Los placeres sencillos cobran sentido en los tiempos de pandemia

 El placer de las cosas sencillas: el sonido del mar, el beso de buenos días por la mañana, el olor a comida recién hecha en el plato, el sol de Septiembre calentándome la piel, que me abraces por detrás mientras miro las estrellas, el sabor a agua salada en la piel, que suene esa canción que tanto me gusta, las miradas de complicidad, los colores que deja el sol en el cielo al ponerse sobre el mar, una copa bien fría de verdejo, no llevar chaqueta, el último baño del año, caminar descalzos, mis dedos entrelazados con los tuyos, la brisa del final del verano que entra por la ventanilla del coche mientras conduces, las caricias en la espalda al despertarme de la siesta, no poner el despertador, bañarnos desnudos en el mar, tu risa, la mía y lo bien que suenan las dos juntas.

Y podría seguir así con cien cosas más... porque al final, la felicidad es eso. 

Se compone de pequeños momentos.

No necesitamos más ✨🧡🌊

martes, 24 de marzo de 2020

Pensamientos de cuarentena II

Día 11 de cuarentena.

Hace un par de meses, un día cualquiera, mientras estábamos tumbados en mi cama te pregunté qué era para ti el amor. 

No me acuerdo que me contestaste, no me hacía falta respuesta alguna en aquel entonces.

Para mi el amor era ese momento. Eramos tu y yo, en esa cama, felices, comiéndonos a besos. Mirándonos a los ojos y hablando sin palabras, cómo había aprendido solamente a hacer contigo.

Era esa intimidad que habíamos logrado construir. Yo en tu pecho sintiéndome en casa, tú acariciándome el pelo como si fuera tu refugio.

Últimamente me acuerdo mucho de momentos así, de esos momentos buenos, de nosotros protagonizando escenas de bestseller internacional.
De todo lo que compusimos entre esas cuatro paredes que ahora ya parecen tan lejanas.

Se que no debería.

No sé en que momento todo eso dejó de importar y perdió todo su significado.
No sé en que momento mi último recuerdo de esa habitación en la que tanto hicimos el amor, en todos su sentidos, se convirtió en una caja de lágrimas y promesas rotas.

No lo sé.

Pensamientos de cuarentena I

Día 8 de cuarentena.

Este fin de semana, en teoría, debería haberme ido de viaje. Probablemente me hubiera tomado unas cuantas cervezas al sol de una terraza cualquiera, me hubiera reído paseando por las calles de otra ciudad y quizás hasta incluso me hubiera dado un baño en el mar. Ese mar que a pesar de estar cerca parece que tenemos a miles de kilómetros de distancia. Y todo ello, lo habría hecho sin darle ni un mínimo de importancia.

En lugar de eso, hoy desde mi nueva ventana veo a varias familias y parejas con sus vidas paralizadas.
Veo como los pequeños gestos, los abrazos y los besos en la frente pasan de ser cosas a las que no les damos ni un ápice de importancia a ser salvavidas diarios.

Veo cómo esas familias están más unidas que nunca y pasan tiempo haciéndose compañía. Cómo aquellas parejas que se daban por hecho se apoyan mutuamente y aprovechan cada mínimo detalle para sacarse una sonrisa y redescubrirse.

Y es que pasamos por la vida así, creyéndonos por encima de todo y sin valorar realmente los buenos momentos por muy simples que parezcan.

No valoramos el calor del sol sobre nuestra piel aquel día en la playa, ese sábado tomándote unos vinos con tus amigos, el olor a la comida recién hecha de tu madre o de tu abuela, las tardes de cine, los besos en la espalda el domingo por la mañana, el poder tocarnos y abrazarnos como si no hubiera un mañana.

Esperemos que la próxima vez que tengamos la oportunidad de disfrutar de todas esas cosas que ahora nos parecen lejanas, dejemos de tener prisa, de mirar el reloj y de poner cara de pocos amigos cuando nos digan “vamos, quédate un rato más”.

sábado, 31 de agosto de 2019

Verano 2019

El otro día tuve miedo, a veces me pasa. Me acojono al ver recompuestas las piezas que tanto tiempo y mimo me ha costado juntar. 
Era domingo por la noche. Enseguida supiste qué algo me rondaba la cabeza, qué calada me tienes. Desde el primer momento has sabido leerme casi mejor que yo. 
Entonces me miraste a los ojos mientras me cogías de la cintura y me acercaste a ti. Me diste un beso en la frente, me apartaste el pelo suavemente y una vez más hiciste que se me fueran todos los fantasmas de un plumazo. 
Tienes esa habilidad. Me calmas. Apagas mis incendios.
Y pienso en la suerte que tengo de haberme cruzado contigo en el camino. 
No se si serás mi hilo rojo, si habrá sido cosa del destino o si en verdad sí que nos estábamos buscando sin darnos cuenta.
Queriendo sin querer.
Y me doy cuenta de que, sea cómo sea, qué bonita la casualidad de que sonara aquella canción en el coche y nos hiciera cómplices de algo que aún no sabíamos que iba a comenzar.
Ahora tu pecho es casa cuando me siento lejos de la mía y tu cuello uno de mis lugares favoritos en los que perder el tiempo (y la vida).
He descubierto que a veces el amor es eso, las pequeñas cosas. La complicidad, la risa, tenerte cerca, enredarme en ti.
El mar Mediterráneo es precioso cuando jugamos a comernos en él.
Hasta el sofá de mi salón se vuelve bonito cuando después de esa copa de vino me miras a los ojos, me cuentas tus secretos al oído y me haces sentirme la chica más guapa de toda la ciudad.

miércoles, 12 de junio de 2019

Primeras veces

No serás mi primera vez. Ni mi primer amor. 
No serás mi primer beso, ya he tenido unos cuantos en esta vida.
Tampoco serás mi primer dolor, ni por desgracia, el último.
No serás el primero que me ha visto llorar. Ni el primero que me rompa el corazón.
Tampoco el primero que me ha sentido morir de placer o retorcerme con un ataque de risa.
No serás muchas de mis primeras veces.

Pero joder, qué gusto da volver a sentir ese gusanillo de como si lo fueran.
Qué gusto los nervios por verte, aunque no sean los primeros.
Qué gusto la sensación que me recorre la espina dorsal cuando me tocas, aunque no seas el primero.
Qué gusto las ganas. 
Y la ilusión, como si fueras el primero.
Qué gusto esa cara de tonto que pones al verme.
Y qué gusto mi cara de tonta al ver tu mensaje a media tarde, como si fuera el primero.

Y qué bien saber que aunque ya haya tenido muchas primeras veces, siempre serán diferentes y nuevas contigo.
Qué bien saber qué, aun así, me quedan cosas por descubrir.

Por ejemplo,
Primero de noche de estrellas con vía láctea incluida.
Segundo de miedos fuera, vuelta al ruedo... y a jugar.
Tercero de ilusión de quinceañeros
Cuarto de meternos mano en el sofá.
Quinto de aguantarnos la mirada.
Sexto de no aguantar las ganas de comernos a besos.
Seguramente podría agotar unos cuantos pares de números cardinales más con todas las cosas que se me ocurren, pero no quiero irme por las ramas.

Aunque no hayas sido el primero de muchas de mis veces me gustaría que te quedaras un rato por aquí.
Seguro que encontraremos nuevas primeras veces que conquistar. 




martes, 19 de marzo de 2019

keep believing

Soy una persona muy optimista. Me he dado cuenta últimamente.
Puedo haberme llevado muchas desilusiones, haber fracasado cincuenta millones de veces que aun así no lo paro de intentar.
La gente me insiste en parar, en dejarlo estar. Pero no puedo.
Es superior a mis fuerzas.
Hay algo en mí que me empuja a seguir.
Y lo sigo intentando, después de cada golpe, después de andar dando palos de ciego.
Últimamente siempre va mal... pero confío. Creo. Sigo.
Y llegará.
Todo llega.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Me pregunto

Yo también puedo escribir una jodida historia de amor.

Esto fue lo que soltó el escritor Carlos Salem, el Bukowski de Malasaña,
dando un sonoro puñetazo a la barra del bar,
cuando un amigo le comentó durante una noche de borrachera que jamás sería capaz de escribir una historia de amor bonita.

O una historia de amor a secas.

Estoy pensando en esta anécdota que dio origen al libro que estoy (re)leyendo estos días, mientras espero a que me traigan el café que acabo de pedir.

La camarera, con cierto aire chulesco y mascando un chicle de menta tal y como haría un koala con una rama de eucalipto, deposita mi café en el único rincón que queda libre en la mesa entre tanto periódico abierto.

Estoy sentado en MI mesa, que da a una gran ventana desde la que puedo ver la calle Alcalá con el Retiro de fondo. Lo cierto es que no se trata de MI mesa strictu sensu, sino que existe un acuerdo tácito con el resto de camareros y parroquianos, como ocurre con el sofá de Friends del Central Perk, para que yo ocupe esa mesa cuando voy. Me la he ganado a base de cafés y gin tonics.

- Aquí tienes tu cortado- me suelta la camarera, sin mirarme, inundando el plato del café desbordante de la taza.
Odio cuando ocurre esto.

Y, como siempre, me lo han puesto a una temperatura fantástica para hervir una langosta pero no tanto para beberlo sin sufrir quemaduras de tercer grado en el esófago.

Mientras espero a que el café se enfríe , clavo la vista en la enorme ventana, tal vez por encontrar inspiración mientras veo a la gente pasar por las frías calles.

Y de pronto, el mundo se detiene en seco, y con él, el ruido del bar, los coches de la calle, la hoja que se cae de aquel árbol y el viento.

Porque estás ahí de pie, esperando un  taxi, y es como si el tiempo no hubiera pasado, o como si hubiera pasado y te hubieses estado arreglando desde aquel último día que te vi, porque estás obscenamente guapa. Ridículamente guapa. "Pongan-aquí-el-adverbio-que-quieran" guapa.

Doy un pequeño sorbo al incandescente café, sin apartar la mirada de ti, y me siento como uno de esos policías de las películas americanas, observando a través del cristal por el que puedes mirar y oír al sospechoso a punto de ser interrogado, mientras estudio tu lenguaje corporal y tu forma de ponerte de puntillas para ver si viene un taxi libre.
Y empieza el interrogatorio. 


Y me pregunto qué te parecerá el nuevo James Bond, tú que fuiste siempre tan de Pierce Brosnan. Me pregunto con quién beberás las copas ahora hasta las tantas y si sigues defendiendo que DINOSAURIO es una opción perfectamente válida como animal cuando juegas al STOP.

Me pregunto si seguirás oliendo a Nivea, si continúas diciendo que has perdido el móvil de cada restaurante del que sales, si sigues siendo tan nefasta jugando a las palas y si sabes que por fin me leí el puto libro de los Pilares de la Tierra y que tampoco me gustó tanto porque cada página me recordaba a ti y que me acabó dando igual la construcción de la catedral porque yo siempre fui más de empezar las casas -y las catedrales-  por el tejado. Como aquel tejado al que te daba miedo subir pero desde el que se veía todo lo que había que ver por la noche. Y tú me preguntabas por las estrellas y yo me inventaba los nombres, las historias y el origen de cada una solo para impresionarte. Siempre fui un farsante con gracia. Pero eso ya lo sabes.

Y me pregunto si te sigue poseyendo el espíritu megalómano y conquistador de Gengis Kan cada vez que juegas al Risk. Me pregunto si te sigue gustando Viggo Mortensen, las canciones de Norah Jones y beber el café frío. Me pregunto si sigues manteniendo que el helado en tarrina es una blasfemia y el cucurucho de chocolate, una excentricidad. Me pregunto si te seguirá extrañando que me guste Tom Waits. Me pregunto si alguna vez supiste lo que me encantaba que untaras la mantequilla a las tostadas y lo bien que te quedaba el olor a pan quemado.

Me pregunto si sabes que a veces te confundo por la calle con otras chicas y se me incendia algo en el pecho. Me pregunto si sabes que cada noche de verano que salgo por Cañadío te imagino saliendo de un bar, con tu ron-cola en la mano, tan negro como tus ojos, como aquel vestido, como las piezas de ajedrez que siempre elegías y como el anillo que llevabas y que ya no llevas por lo que veo ahora con mis ojos, que no son negros ni falta que les hace porque con los tuyos nos vale, nos basta y nos sobra.

Me pregunto si sabes que soy yo el que escribe por aquí, si sigues llorando con los bodrios de Kevin Costner y si te imaginas que cada puta vez que oigo una canción de los Secretos me acuerdo de ti. Me pregunto si eres más de Facebook, de Twitter o de ninguno, si usas Blackberry o iPhone, si alguna vez has pensado que cuando te conocí no existía Youtube,  si te seguirá desesperando que no sepa jugar al mus, si tus pestañas siguen pareciendo juegos de mano de un mago y si alguna vez volverás a pedirme que te cuente historias de piratas.

Me pregunto si te acuerdas de cómo me indignaba cuando decías que preferías a Elton John antes que a Sinatra. Me pregunto si sabes que estoy convencido de que ves Gossip Girl y que jamás lo confesarías para que no te diera la brasa, tal y como te la daba por ver Sexo en Nueva York y no mis "series de intelectual". Me pregunto si llegaste a hacerme caso y viste alguna. Y me pregunto si sabes que hace no mucho me tragué las seis temporadas de Sexo en Nueva York solo porque tú la veías. Me pregunto si sabes que no me gustó nada pero que soy mucho más de Aidan que de Big y que no soporto a la tal Miranda. 

Me pregunto si te acuerdas de cuándo hablábamos andando por Madrid de vivir en Nueva York y volar a Venecia, para beber vino francés, yo disfrazado de escocés y tú de geisha japonesa. Y me pregunto a quién coño querrías engañar tú de geisha, con esa piel de aceituna que tienes. Me pregunto si sabes que ahora me encantan los toros y que me acuerdo de ti cuando voy a Las Ventas. Me pregunto si sigues apostando a los caballos más flacuchos porque te dan pena. Me pregunto si sigues tan verbenas o si eres más de quedarte en casa. Me pregunto si sabes que todas las canciones hablan de ti (menos las de Pitbull). Me pregunto si sigues presumiendo de ganar a cualquiera a un pulso chino. Me pregunto si coincidiré contigo en una boda y si me pondré nervioso al saludarte o si me dará lo mismo. Me pregunto si sabes que las dos opciones me angustian por igual
Me pregunto si sabes que no hay nostalgia peor que añorar aquello que nunca jamás sucedió.

Me pregunto si sabes que te estoy viendo por esta ventana.

Me pregunto si sabes que no te voy a saludar y que me voy a quedar aquí sentado, viendo cómo te tocas el pelo, mucho más corto que como lo llevabas aquel junio que vivimos peligrosamente juntos.

Me pregunto si sabes que la vida son dos cafés. Un café como el cortado que me acabo de tomar. Así que ya solo queda uno. Y tú te has subido a ese taxi. Y tal vez no vuelva a verte en años.

Y me pregunto si sabes que eres mi jodida historia de amor. O mi historia de amor jodida.

Nos bebemos en los bares, querida.

(texto un guardián en el centeno)