Por fin me he decidido a escribir algo positivo en el blog. Ya era hora.
Ha sido díficil, pero ya está. Ya está (qué bien suena).
Cuando la verdad duele solemos evitarla, corremos, intentamos escapar y hacemos cualquier cosa, lo que haga falta, con tal de no escucharla. Entonces entramos en una situación de stand-by un tanto horrible, en una situación de silecio sostenido y tensión en el aire: sabemos lo que hay y no queremos aceptarlo. Y, cómo no, pasa lo esperado en estas situaciones: cuando uno corre mucho tiempo, llega un momento en el que se agota, empieza a ahogarse, cada vez se hace más y más díficil respirar. Un pensamiento: ¿ahora o nunca?. Ahora. Ahí es cuando hay que parar, hay que ser fuertes y mirar a la verdad a los ojos, cogerla por los cuernos... Por mucho que duela, es el momento de dar la cara.
Y ya casi está.
Empiezas a recuperar el aliento, poco a poco, a asimilar los hechos y a aceptar eso tan evidente que te negabas a ver. Sigues caminando. Al principio tiras con poco, lo poco que hay, cansado todavía de tanto escapar; te lames un poco las heridas y casi te quedas rezagado, con el trabajo que cuesta seguir para adelante, ¿por qué perder el tiempo y hacer un esfuerzo?... Digo casi, porque no, porque no te paras, porque sacas fuerzas de donde no las hay y sigues caminando lentamente, teniendo cuidado de no caer en la trampa de esas canciones del pasado que han aparecido detrás de ti.
De repente, un día te despiertas por la mañana y la ves, ves la luz al final del tunel y sientes un gran alivio.Ahora sí, ya está, sin casi que valga.Todo ha terminado. Se acabó. Ahora te ríes de lo tonta que fuiste, dejas volver a esos tan bonitos recuerdos que habías aislado, ya no duelen. Y por fin, sonríes.

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