jueves, 6 de febrero de 2014

palomas

Cuando somos pequeños son muchas las opciones que aparecen en nuestro abanico de posibilidades futuras. ¡Mamá, quiero ser astronauta! ¡Mamá, hoy quiero ser actriz! ¡Mamá, quiero ser millonaria! Al final, vamos creciendo y nuestras ideas de grandeza se van aproximando a algo más factible y certero, digamos del tipo de médico o abogado, ingeniero o diseñador gráfico, veterinario o carpintero... Nuestros planes de ser el tercero en pisar la luna, el próximo ganador de un Oscar o el siguiente Bill Gates se van a la recamara de nuestras ya más maduras mentes. Pero aun así, siempre queda hueco para nuestros sueños más secretos, esa ambición oculta que de cuando en cuando asoma la patita por la recamara.
A mi por ejemplo, desde hace un tiempo atrás, se me antoja escribir cosas. Claro está que ojalá salieran cosas buenas y no solo estás cuatro reflexiones que dejo por aquí algún que otro día hablando casi para mi misma. A quién le importan mis tormentos de post-adolescente... Esto es como ir a un psicólogo, pero gratuito, una forma de sincerarse y abrirse con uno mismo. Lo que se escribe no es más "que un reflejo del propio alma del que lo hace".
Personalmente me encantaría poder hacer algo como lo que me ha pasado esta tarde con un libro, poder llegar a transmitirle a alguien. Transmitir con palabras algo que  atraviese al receptor como un balazo, que le deje en el sitio, emocionado, con el aliento fuera y el alma encendida. Algo que despierte a la otra persona, que le y le de para pensar. Me gustaría ser capaz de transmitir la misma sensación única que he experimentado esta tarde aspirando las últimas letras de una obra de arte en forma de libro. Perturbar con mis pobres palabras que no valen nada.
Supongo que todos tenemos nuestros sueños, nuestras aspiraciones y nuestras pequeñas y secretas ambiciones. Pero shh, que quede entre nosotros ;)




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