las últimas cien noches
recordando tu olor,
dejando la puerta abierta
por si volvías,
las luces encendidas
para guiarte hacia la cama.
He probado
la montaña rusa
más alta del mundo,
subido 3500 kilómetros
por encima de ilusiones
para sumergirme
bajo tierra
cuando finalmente
he tenido que meter en cajas
tus fotografías
con nuestras sonrisas
dibujadas en ellas.
He recordado
nuestras manías,
tus cosquillas,
aquella canción favorita,
todos esos malditos tópicos
tan típicos
que contigo
eran únicos.
He tachado de la lista
nuestros restaurantes,
eliminado los viajes pendientes,
borrado los planes de futuro,
y me he prohibido
cien mil veces
-al día-
eso de intentar saber
qué estará pasando en tu biografía.
Te he echado de menos
cada vez que tu voz
se colaba
en cualquier terraza
de la ciudad,
cada vez que alguien
trataba de llenar
el hueco que has dejado.
Me he echado de menos
a mí,
contigo,
mirarte dormir
mientras enredaba
mis dedos en tu pelo,
cantarte desafinado
cuando aporreas el piano,
hacernos deporte a la par,
abrazarte si es que los vecinos
discuten esta noche.
He echado de menos
la calma,
la risa,
los días
con sus noches,
ese orden tan nuestro,
saber que ese era el lugar
en el que debía estar
y era contigo.
He querido odiarte,
volver
y volver a odiarte,
enfadarme con tu mirada ausente,
perdonarte las despedidas,
negarte la palabra,
borrar todos tus números,
olvidar el camino
hacia tu casa.
He sufrido tus ausencias
para aprender
a disfrutar mis soledades.
Vivirte fue un problema
desde el momento
en que dejé de ser yo.
Son las doce de la noche,
acabo de cerrar la puerta
con las llaves
que un día
hice para ti.
He elegido una nueva
mejor canción,
leído tres poemas
que no hablan de nosotros,
me he dado
las buenas noches
y así
creo que por fin
ya no
te echo
de menos.
Pero miento tan mal...
-Cuando tú ya no. Saray Alonso-
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