Hay veces en las que apetece tirar la toalla. Tras 37 intentos de avanzar, seguir, rehacer lo deshecho y recomponer los trozos; una ya se cansa de ponerse en pie y curarse las heridas tras haber vuelto a fallar. Y no es solo fallar en sí, es repetir una y otra vez los mismos errores, los mismos golpes en exactamente los mismos sitios. Reabrir las mismas heridas, parar su camino hacia la cicatrización.
Las ilusiones tan rotas que hasta cuesta encontrar los indicios de aquello que un día fue grande, bonito y con todos sus trozos.
Supongo que será todo acostumbrarse, hacerse a los diferentes tonos de gris de la paleta que ahora pinta mi vida.
Hacerse a la desesperanza, a esta sin razón.
Y supongo que tendré que quedarme en el suelo, esperando a ese brazo que tire de mi. No puedo permitirme volver a hacerlo sola, no tengo de donde sacar las fuerzas. Ya no me quedan. No puedo volver a hacerlo, volver a levantarme para volver a caer. Repetir el mismo proceso. Duele demasiado.
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