Hoy he visto la nieve caer sobre exactamente la misma montaña en la que la vimos deshacerse aquella vez. Por arte y obra del destino caían los copos sobre ese mismo pico, aquel que mirábamos, asombrados, desde el otro lado de la ventana de aquella habitación de hotel. Y me han invadido los recuerdos, tan claros como la misma nieve que cae y caía entonces.
Me acuerdo de ti, mirándome con esa sonrisa de pillo, con esos ojos azul infinito y esas ganas de tener cada centímetro de mí.
Me acuerdo de ti, mirándome con esa sonrisa de pillo, con esos ojos azul infinito y esas ganas de tener cada centímetro de mí.
Siempre tan insaciable, así eras tú, mío.
Me acuerdo de esa mirada y de todo lo que vino después, de cómo hubiéramos sido capaces de derretir toda la nieve si la hubiésemos tenido más cerca.
Parece que si me esfuerzo un poco hasta siento el calor por mis venas, tu boca en mi espalda y tus manos en mi ombligo. Nos siento jóvenes, con unas ganas qué superaban con creces todos los miedos.
Y si afino aún más el recuerdo... te veo, quieto, mirándome como si fuera un sueño y me fuera a romper. Ojalá me volvieran a mirar así, dándome vida.
Y yo... yo te miraba después, y reía... y te daba todo lo que podía ofrecerte de mi. Todo lo que tenía en ese momento y en esa habitación de hotel que entre ambos hicimos épica. Me entregaba a ti. Y tu me hacías tuya centímetro a centímetro, surco a surco, lunar a lunar.
Y yo... yo te miraba después, y reía... y te daba todo lo que podía ofrecerte de mi. Todo lo que tenía en ese momento y en esa habitación de hotel que entre ambos hicimos épica. Me entregaba a ti. Y tu me hacías tuya centímetro a centímetro, surco a surco, lunar a lunar.
Me acuerdo de la ingenuidad, de la belleza pura una vez más como la de la montaña, aún sin romper. Todo era posible entre aquellas 4 paredes. Me acuerdo...
y ojalá no fuera sólo otro recuerdo más.
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