El otro día tuve miedo, a veces me pasa. Me acojono al ver recompuestas las piezas que tanto tiempo y mimo me ha costado juntar.
Era domingo por la noche. Enseguida supiste qué algo me rondaba la cabeza, qué calada me tienes. Desde el primer momento has sabido leerme casi mejor que yo.
Entonces me miraste a los ojos mientras me cogías de la cintura y me acercaste a ti. Me diste un beso en la frente, me apartaste el pelo suavemente y una vez más hiciste que se me fueran todos los fantasmas de un plumazo.
Tienes esa habilidad. Me calmas. Apagas mis incendios.
Y pienso en la suerte que tengo de haberme cruzado contigo en el camino.
No se si serás mi hilo rojo, si habrá sido cosa del destino o si en verdad sí que nos estábamos buscando sin darnos cuenta.
Queriendo sin querer.
Y me doy cuenta de que, sea cómo sea, qué bonita la casualidad de que sonara aquella canción en el coche y nos hiciera cómplices de algo que aún no sabíamos que iba a comenzar.
Ahora tu pecho es casa cuando me siento lejos de la mía y tu cuello uno de mis lugares favoritos en los que perder el tiempo (y la vida).
He descubierto que a veces el amor es eso, las pequeñas cosas. La complicidad, la risa, tenerte cerca, enredarme en ti.
El mar Mediterráneo es precioso cuando jugamos a comernos en él.
Hasta el sofá de mi salón se vuelve bonito cuando después de esa copa de vino me miras a los ojos, me cuentas tus secretos al oído y me haces sentirme la chica más guapa de toda la ciudad.
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