Día 8 de cuarentena.
Este fin de semana, en teoría, debería haberme ido de viaje. Probablemente me hubiera tomado unas cuantas cervezas al sol de una terraza cualquiera, me hubiera reído paseando por las calles de otra ciudad y quizás hasta incluso me hubiera dado un baño en el mar. Ese mar que a pesar de estar cerca parece que tenemos a miles de kilómetros de distancia. Y todo ello, lo habría hecho sin darle ni un mínimo de importancia.
En lugar de eso, hoy desde mi nueva ventana veo a varias familias y parejas con sus vidas paralizadas.
Veo como los pequeños gestos, los abrazos y los besos en la frente pasan de ser cosas a las que no les damos ni un ápice de importancia a ser salvavidas diarios.
Veo cómo esas familias están más unidas que nunca y pasan tiempo haciéndose compañía. Cómo aquellas parejas que se daban por hecho se apoyan mutuamente y aprovechan cada mínimo detalle para sacarse una sonrisa y redescubrirse.
Y es que pasamos por la vida así, creyéndonos por encima de todo y sin valorar realmente los buenos momentos por muy simples que parezcan.
No valoramos el calor del sol sobre nuestra piel aquel día en la playa, ese sábado tomándote unos vinos con tus amigos, el olor a la comida recién hecha de tu madre o de tu abuela, las tardes de cine, los besos en la espalda el domingo por la mañana, el poder tocarnos y abrazarnos como si no hubiera un mañana.
Esperemos que la próxima vez que tengamos la oportunidad de disfrutar de todas esas cosas que ahora nos parecen lejanas, dejemos de tener prisa, de mirar el reloj y de poner cara de pocos amigos cuando nos digan “vamos, quédate un rato más”.
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